nicolas spinosa

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Vida y muerte de las estrellas. Primeros apuntes sobre la herencia*

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A José Luis Brea -en el sonar de las cosas- eterno viajero del pensamiento

 

Dicen que cuando Catalina de Médicis –esa reina aficionada a las artes y a las ciencias, célebre por su trabajo como mediadora en el umbral de una de las más cruentas masacres religiosas– supo por intermediación de su astrólogo, que moriría junto a San Germán, mudó la residencia real del Louvre y se hizo construir un palacio cerca de allí, pero alejada de la basílica gótica dedicada al santo de Auxerre, impulsada por el humano anhelo del durar…

De ese palacio hoy sólo queda una torre, un observatorio astronómico olvidado y oculto, al que ya nadie se le ocurre visitar: no se encuentra entre las principales atracciones de la ciudad Luz y no funciona para lo que inicialmente fue construido: contemplar la noche ver más allá. Hoy esa torre en la que antiguamente se asomaba a mirar el cielo estrellado una de las reinas más célebres de Francia, a la que algunos creían bruja, hoy sólo sirve de base para unas cámaras de vigilancia que apuntan a la boca de unas escaleras mecánicas que conducen de ida y vuelta a los cinéfilos a alguna de las numerosas salas oscuras bajo tierra, y por qué no, también a los vagabundos y clochards que gravitan en las inmediaciones.

Habrá quien piense que la nobleza de la torre erigida como observatorio se ha venido abajo con el progresivo abandono de los amantes de la ciencia y su posterior uso como base para cámaras de vigilancia. Sin embargo, recordemos una máxima hermética “como es arriba es abajo, como es abajo es arriba obra de las maravillas del uno” o del todo; o qué más da mirar para arriba o mirar para abajo, si lo que importa es mirar. O si se prefiere: el ser humano extiende y multiplica en todos los sentidos los dispositivos de la visión: en nuestro mundo actual parece que no todo piensa, pero todo ve… pero es que al final, en el final, a pesar de todo: todo piensa y todo ve.

Más allá del indudable valor histórico y estético: la torre conserva el misterio, su abandono resulta comprensible. Ya que en la actualidad existen potentísimos telescopios, en muchos puntos de nuestro planeta e incluso fuera de él, dedicados a la tarea de escudriñar los rincones más alejados en la inmensidad del cosmos. Sabemos que ahora mismo, muchos de esos telescopios apuntan hacia un lugar del universo, hacia una galaxia más o menos cercana, en el que una estrella supernova está a punto de morir.

Esos ojos ávidos, múltiples y potenciados por el avance de la tecnología, buscan captar el instante de la muerte de una estrella, arrancarle -en el momento en que ésta expire su último aliento-, el secreto de un saber.

Los científicos han descubierto que el morir de una supernova difiere de una estrella común, la cual poco a poco va extinguiéndose; mientras que al contrario las estrellas supermasivas ofrecen toda su luz, toda su materia, toda su energía en el instante de la muerte, que sucede acompañada por una impresionante explosión, que además da origen a otras constelaciones de planetas y estrellas. Eso ha dado a las científicos otra certeza: el universo crecre.

Es así que la muerte anunciada de esa estrella masiva provocará el nacimiento -en no se sabe cuántos miles de años- de muchos otros planetas como el nuestro y expulsará de sí los elementos necesarios para que eso que llamamos “vida” eventualmente surja. Es decir de sí misma, la estrella será superviviente como polvo y cenizas. Lo sabemos porque nosotros mismos estamos hechos de la materia residual de una estrella supernova muerta hace millones de años. El hierro de la sangre que corre por nuestras venas, el calcio y el zinc que forma parte de nuestra composición proviene de una estrella que –curiosamente- al igual que un ser humano cumple un ciclo: nace, crece y muere.

De esa constatación surge otra: somos la huella de una muerte, cenizas de algo que alguna vez brilló y volverá a brillar. Quizás sin saberlo los astrofísicos que ahora apuntan sus telescopios parten de una intuición filosófica: “Vivir, por definición, no se aprende. Ni de uno mismo ni de la vida por la vida. Sólo del otro y por la muerte.” Porque querámoslo o no, la ceniza habla…

Si lo de arriba es como lo de abajo y lo de abajo como lo de arriba, todo en el cosmos aguarda el instante de la muerte y “sabe” que en la de una estrella también subyace “la oscura e incierta experiencia de la herencia” o lo que es lo mismo, ahí reside la supervivencia y la impronta de la huella que al final no es otra cosa sino la experiencia del duelo.

La herencia es también un camino de ida y vuelta, entre el pasado que supone “lo que se hereda” y el futuro –desconocido y promisorio- de aquél posible e incierto heredero: otro de los nombres del duelo y del portador de la ausencia.

Pero, ¿Quién heredará? ¿Habrá acaso heredederos? ¿Qué se hereda? ¿Somos concientes y responsables de nuestra herencia? Son algunas de las preguntas que nos hacemos ahora que todos nuestros ojos apuntan a la explosión de una estrella supernova que eclosionará en miles de millones de partículas y de la que esperamos con ansia una parte de su “legado”: la imagen de su eclosión.

No podemos saberlo con certeza, quizás a lo sumo aventurar alguna imagen fatalista o de promesa como las que a menudo se proyectan en las profundidades de una sala de cine y nos deleita consumir. Sin embargo, lo que sí podemos hacer es asumir nuestra forzada condición “intermedia” como herederos y legatarios, e implicarnos en la pregunta y en la obra “¿De qué cenizas estará hecho el mañana?”

* * *

Ah! para quienes no lo sepan: Catalina de Medicis como cualquier mortal sucumbió a la finitud, a pesar de su reputación de bruja y a la intensa relación que mantuvo con las artes y con la ciencias… que incluso le llevó a ser la protectora de Nostradamus. Según la leyenda anticipó el momento de su muerte al escuchar el “nombre” y como un sol ordinario cerró los ojos y se extinguió. No nos importa aquí la obviedad de su finitud, sino que en el último instante, parece que encendió la luz y asistió a la escena de su propia muerte.

 

*María Virginia Jaua

* domingo festín caníbal , salonkritik

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Escrito por nicolas spinosa

septiembre 6, 2011 a 00:10

Escrito en General

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